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Educación artesanal

A John Hejduk le gustaba describir con sencillez su trabajo como decano de Cooper Union en Nueva York: “Hacemos las cosas bien y nos gusta fabricar piezas, nos gustan las piezas.” Con esta simple frase resumía la complejidad educativa de una de las últimas escuelas vanguardistas de arquitectura, enfatizaba su obsesión por el rigor y la visión del oficio arquitectónico como una manufactura donde el entendimiento del ensamblaje de las partes es fundamental para la creación del conjunto. Hejduk era un romántico ingenuo, por supuesto, que murió justo antes de ver la transformación veloz que ha cambiado la manera de producir y de enseñar arquitectura en el siglo XXI.

En una época donde la adquisición de conocimientos pragmáticos se da a gran velocidad, la arquitectura, a pesar de su peculiar y lenta manera de transmisión del conocimiento, no escapa a esta vorágine. Si bien la educación arquitectónica posee en esencia un espíritu monacal, aquel del oficio que se pasa de maestro a aprendiz por medio de la práctica, la repetición y la paciencia, también ese conocimiento hoy en día depende del dominio y eficiencia de nuevas tecnologías y de la capacidad de abarcar numerosos campos de acción. En este sentido, las tecnologías de diseño y comunicación virtuales han constituido un gran avance en la manera de pensar, entender y proyectar los problemas espaciales; sin embargo, también se han convertido en un obstáculo para el ejercicio de rigor mental. Somos más veloces y eficientes en la producción proyectual, en el uso de reglas estandarizadas, tenemos más herramientas representacionales para entender el espacio antes de construirlo, pero a la vez hemos dejado de entender las piezas porque ya no nos detenemos a observarlas, hemos olvidado el proceso mental necesario del ensamblaje, hemos obviado la cercanía con los objetos que teníamos como homo faber para sistematizar nuestros procesos creativos y satisfacer nuestra neurosis de producir cada vez más, hemos ganado velocidad pero hemos perdido intuición.

Esto, además, nos ha llevado a situaciones paradójicas en la educación como el hecho de que los maestros son capaces de transmitir su experiencia en situaciones reales del oficio arquitectónico, en el quehacer constructivo, en los problemas materiales, sociales y políticos involucrados o en la acumulación del bagaje teórico adquirido pero desconocen casi en su totalidad las nuevas maneras de representar, dibujar o modelar los planos que hacen sus alumnos. Los programas digitales avanzan a una velocidad sorprendente y es raro el caso del arquitecto practicante que tenga la paciencia o el tiempo de ponerse al día. Los alumnos por su parte son expertos en técnicas de dibujo y representación digitales pero poco a poco han ido perdiendo la destreza manual y mental que implica el dibujo a mano. Igual sucede con las maquetas o modelos físicos de los espacios. Esto es lo curioso del fenómeno, la educación académica ha puesto un mayor énfasis en las técnicas de representación digital (renders, modelos virtuales, animaciones, impresoras 3D) que en la posibilidad constructiva de los avances materiales tangibles (de ahí el anacronismo a priori de los experimentos constructivos del diseño paramétrico).

En este sentido, la evolución digital en la educación arquitectónica no ha tenido, hasta el momento, la radicalidad que debería tener. Una de las rupturas educativas más importantes que consiguió la modernidad del siglo XX fue alejarse del sistema de educación clásica que basaba el conocimiento en la imitación de modelos probados mediante el dibujo detallado y el conocimiento de las reglas formales sin entender las innovaciones técnicas que sucedían a su alrededor. La postura moderna era clara en ese sentido, era imprescindible conocer los nuevos procesos constructivos, voltear a ver el sentido común de las ingenierías de la época y dejar de lado el engolosinamiento de la decoración nostálgica. Así se originaron grandes escuelas formativas ajenas al canon clásico como la Bauhaus o el Black Mountain College, sistemas disruptivos que cuestionaban la educación a través de la vanguardia y ampliaban la visión a diferentes disciplinas para tener un conocimiento más global. Hoy en día, los ingenieros han ganado una vez más, en la academia arquitectónica, la tecnología nos ha regresado al regodeo visual que aborrecía la modernidad, una mirada virtual alejada de los problemas reales del mundo contemporáneo. La afición al render como elemento de venta es el equivalente a la fe aspiracional de estudiar inglés y computación. La imagen no como herramienta de creación o entendimiento de los detalles sino como herramienta comercial. Parecería que la educación tiende a ponerse al servicio de un sistema que necesita más obreros que produzcan objetos virtuales cada día más estandarizados (Pinterest o Archdaily son muestras de la homogeneización monótona del gusto arquitectónico) que personas con pensamiento crítico.

Richard Sennett en su libro El artesano, coincide con Hejduk al reivindicar el trabajo artesanal en el mundo contemporáneo, no como un anacronismo nostálgico sino como ejemplo de la pertinencia actual del compromiso por hacer las cosas bien simplemente por el placer y la necesidad ética de hacerlo así. Una actitud que se contrapone directamente con la obsesión del capitalismo en producir y consumir en grandes cantidades y la pérdida de rigor que ello implica: “Lo que más enorgullece a los artesanos es el desarrollo de las habilidades. Por eso la simple imitación no produce una satisfacción perdurable; la habilidad tiene que evolucionar. La lentitud del tiempo artesanal es una fuente de satisfacción; la práctica se encarna en nosotros y hace que la habilidad se funda con nuestro ser. La lentitud del tiempo artesanal permite el trabajo de la reflexión y de la imaginación, lo que resulta imposible cuando se sufren presiones para la rápida obtención de resultados. La madurez implica mucho tiempo; la propiedad de la habilidad es duradera.” Sólo así se puede llegar no sólo a resultados materiales satisfactorios sino al compromiso ético y la responsabilidad implícita en la creación. La transmisión del oficio arquitectónico se encuentra en una situación parecida. Hoy la información a grandes cantidades es menos necesaria que la observación atenta de todo cuanto nos rodea. La modernidad rompió con los anacronismos académicos a través de la velocidad y la fe en el progreso, hoy vamos ya a mucho mayor velocidad que aquella época heroica y hemos perdido la fe en casi todo, así que no está mal darnos una pausa para ser radicales (de hecho, darse una pausa es ya ser radical) y desmontar los dogmas de nuestro tiempo, aunque a estas alturas quizá ya ni sepamos cuáles sean estos.

 

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