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¿El arte es un servicio?

En el marco de la Cátedra Goertiz dos preguntas constituyeron la música de fondo durante una conversación entre Luis Camnitzer y Pablo Helguera: ¿cómo se manifiesta actualmente la función social de los espacios del arte?, y ¿cuáles son los espacios de la pedagogía expandida en el arte? Ambos artistas han contribuido desde diversos frentes, a la comprensión crítica de la dimensión política y social del arte, indisociable de la educación como herramienta de investigación, aprendizaje, des-aprendizaje y descubrimiento; una manera de plantear y resolver problemas, así como de conocer el mundo creando conexiones entre diversos campos disciplinares.

Durante la conversación, la directora del museo, Paola Santoscoy concluyó apuntalando la importancia de estos cuestionamientos a la luz de la defensa del arte como servicio de Mathías Goeritz. Recordemos sus palabras en El arte es un servicio (1964): «La estética sin un soporte ético seguro puede producir resultados interesantes, incluso bellos, pero no arte. El arte es un servicio, y si el arte no tiene función espiritual, todos nuestros esfuerzos están condenados a llevarnos a una clase de arte egocéntrico hecho por intelectuales para intelectuales». ¿Qué implicaciones tiene esta concepción de Goeritz para desplazar o expandir las coordenadas sociales de los diversos espacios de acción pedagógica como la práctica artística, la reflexión teórica, la formación de artistas, y las experiencias pedagógicas en museos, bienales  o comunidades temporales de aprendizaje? ¿Con qué estrategias el arte puede replantear los modos de funcionamiento de la educación tradicional? ¿Cómo,  por qué y desde dónde integrar el pensamiento del arte a otras disciplinas y campos culturales? ¿Qué tácticas se pueden echar a andar para comprender y visibilizar problemas fuera del campo del arte?

En la última década ha tenido lugar una intensa discusión, encuentros, publicaciones y exposiciones, que se han preguntado por el rol del artista y el curador como pedagogo. Hasta cierto punto podemos decir que este interés ha incidido significativamente en las generaciones recientes, de manera que resulta urgente preguntarnos a qué condiciones estructurales refiere esta especie de síntoma o tensión entre un impulso autocrítico y la exigencia de justificar el valor social del arte, en una sociedad ordenada bajo el discurso del capitalismo cognitivo, que el economista italiano Andrea Fumagalli ha denominado bioeconomía, una especie de paradigma económico que tiene como objeto de intercambio, acumulación y valorización, las facultades vitales de los seres humanos; la capacidad de comunicarnos; generar conocimiento; e intercambiar representaciones simbólicas. En este sentido, el control de la fuerza de trabajo de cualquier política de desarrollo pasa necesariamente por el control de la actividad cognitiva. ¿En qué sentidos podemos repensar hoy, en un ecosistema educativo delimitado por políticas neoliberales, la potencia transformadora y disruptiva de la pedagogía como servicio en el campo artístico? Respuestas a estas interrogantes, quizás puedan  abrir pautas de las dificultades que enfrenta la imaginación política del arte frente a lo público y las políticas económicas que tienden a minimizar el compromiso ético ciudadano.

 

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