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El deseo en la educación artística: un caso

Estoy escribiendo sobre educación artística desde la Ciudad de México, leo sobre el mundo global, pero mis experiencias se inscriben en esta localidad.

Gilles Deleuze y Félix Guattari proponen en Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia que la producción económica no se cuece aparte de la producción del deseo. Por más que ejerzamos una administración racional y objetiva de los recursos, ésta siempre estará cruzada por el deseo en tanto producción. Aquí no hay una narrativa de la falta, del deseo como falta: deseamos y hacemos.

 Estamos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, mi primera alma mater. Casi doce años después, sin ningún interés puesto en la matrícula, asisto a una clase de “oyente” (esa maravillosa figura que permite la educación pública en la que puedes asistir a clases sin estar inscrito). Aunque lleva por título “Textos VIII”, un nombre abstracto que no indica mucho, la clase se llena y si no llegas a tiempo es difícil encontrar un lugar. Al salón asisten artistas, músicos, arquitectos, críticos de arte, psicoanalistas y filósofos, para los últimos está dedicada la clase. La materia cambia cada semestre su programa, hasta diciembre revisaremos textos de “post historia”, el temario incluye a autores conocidos como Michel Foucault y a otros menos famosos, pero no por ello menos interesantes, como Gilbert Simondon. Salvador Gallardo Cabrera también habla de artistas, su enfoque es muchas veces transdisciplinar. ¿Será ésta la regla o la excepción de lo que sucede en la UNAM?

 ¿Por qué un salón se llena por voluntad y otro por obligación? Mi segunda carrera la estudié en la Universidad del Claustro de Sor Juana y el primer semestre deserté, no soporté el ritmo de vigilancia, de tomar lista cada clase, de recibir horarios y obedecer (sin posibilidad de dialogar, y mucho menos mandar). Al siguiente año volví porque en el entonces Distrito Federal sólo podía estudiar arte teórico ahí, la Universidad Iberoamericana era (es) impagable y Casa Lamm estaba más enfocada en la historia que en la teoría del art; me quedé en el Claustro y no me fui hasta terminar los créditos y titularme. Sin embargo, mi estancia estuvo llena de tedio y cansancio. Aunque tenía un porcentaje de beca, me daba muchísimo coraje pagar por clases impartidas por profesores que no las preparaban o que simplemente estaban ahí sin ser especialistas en la materia. Un experto en música, por ejemplo, me daba clase de hermenéutica; un director de museo me daba arte mexicano del siglo XX, que más bien era clase de insípidos chismes de época. Cada vez que me quejaba con colegas era frecuente escuchar “no te preocupes, en todos lados es igual”. Aún me pregunto, ¿por qué normalizamos la mediocridad?

 En el Claustro no hay deseo pero hay administración epistemológica, en la UNAM (Ciudad de México) no hay una carrera dedicada a la teoría del arte, pero hay deseo. Es evidente que hay algo raro en la ecuación. Y la demanda sigue, hace ocho años habíamos alrededor de veinte alumnos por generación en el Claustro, este año se duplicó la matrícula.

 Se abren museos, galerías y espacios independientes, pero la universidad (pública o privada) no les sigue el paso. La universidad es obsoleta no sólo en su oferta educativa y en sus planes de estudios (muchas veces únicamente revisan hasta la mitad del siglo pasado); sobre todo se está quedando corta en establecer diálogos empáticos y críticos con lo que está sucediendo afuera de sus muros y oficinas.

 Aunque la universidad no esté respondiendo a necesidades contextuales y particulares, la producción de deseo no cesa, existen en la ciudad grupos de estudio sobre arte y otras materias que sustituyen el papel de amo que tan bien sabe jugar la academia. Incluso varios de esos espacios (ligados por ejemplo al feminismo), cuestionan el rol de padre e intentan generar otros formatos de diálogo y flujo de conocimiento. Uno de esos cambios es este artículo mismo, donde se parte de la experiencia para establecer un problema común, siempre abierto a la confrontación respetuosa y a la línea de fuga. En mi primera carrera me enseñaron a cambiar el “yo pienso” por el “se piensa”. Ninguno es correcto o incorrecto, simplemente le he perdido el miedo a la primera persona, a mi persona.

 Sin embargo, hay algo que extraño de la universidad (tanto de la UNAM como del Claustro): la distancia crítica. La posibilidad de saber que por muy honesto y amoroso que sea un argumento, puede ser problemático y debatible. La ideología no tiene moral, opera de manera estética, a partir del deseo y la “convicción”. Me fascina ver tantos flujos de discursos y de vivencias en los espacios autogestivos de la ciudad, pero me gustaría decirles que siempre hay que mantener una pequeña lejanía que nos permita distanciarnos de narcisismos que puedan terminar en repeticiones de programas exitosos (copias de lo que hace el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, por ejemplo) o en purezas que remitan a cualquier origen.  

 Siempre que hay deseo, hay producción. ¿Cómo situamos nuestro cuerpo (nuestra particularidad) en ese panorama?

 

 

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