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Enseñar para transgredir entre espacios, género y lenguaje

Pensar la enseñanza de las artes y las humanidades hoy en día nos exige re-plantearnos no solamente la relación aprendizaje-enseñanza (la cual sigue siendo esa de corte bancario como lo señalara Paulo Freire), sino que nos incita a implicarnos desde perspectivas críticas para entrever un tejido mucho más fino en lo que respecta a las pugnas y luchas de subjetividades, identidades y cuerpos en espacios que aún están pensados desde una norma universalista ajena a los contextos y realidades específicas de las comunidades.

Bell Hooks narra en la introducción del libro Enseñar para transgredir (1994) cómo durante su época como estudiante de maestría en una prestigiosa universidad norteamericana se enfrentó a un conflicto permanente para mantener su derecho a ser una pensadora independiente. Señala que los individuos masculinos blancos eran vistos como “excepcionales” y eran conminados a trazar sus propias aventuras intelectuales, a diferencia del resto de los estudiantes (y particularmente de aquellos definidos como “marginales”) de quienes se esperaba se ajustaran a las normas de la institución. Las tensiones no solamente se dan en el diseño curricular y su miopía para entablar diálogos horizontales con las personas que conforman las comunidades estudiantiles y docentes que no entran en estereotipos patriarcales para quienes fueron diseñadas estas instituciones; también se dan en pugnas y conflictos en los espacios cotidianos, incluso en términos de la infraestructura misma de las instalaciones educativas. Un ejemplo concreto de estas tensiones se encuentra en la creciente incomodidad en comunidades específicas en cuanto al binarismo de género implementado en los servicios sanitarios (por no hablar de la ausencia de consideraciones para alojar a distintas diversidades funcionales) y que excluye e invisibiliza cuerpos e identidades.

Un sinnúmero de micro-gestos de cancelación o reapropiación de estos servicios han sido realizados por estudiantes y docentes activistas en distintas instituciones alrededor del mundo para señalar que la institución puede ser modelada desde otra perspectiva menos autoritaria y controladora. Lamentablemente no es sólo el tema de la discriminación de cuerpos e identidades en los espacios, y del constante acoso a académicas en los terrenos de la docencia y de la deslegitimización de perspectivas críticas como el feminismo o los estudios decoloniales. Estamos ante la absoluta falla en garantizar la seguridad e integridad física de mujeres y personas de la comunidad LGBTTIQ en los espacios de enseñanza, basta con ver los casos de feminicidios en la UNAM.

Es entonces que nos resulta urgente el insistir en la implementación sostenida de acciones en distintas direcciones (no solamente gestos vacíos institucionales) que transformen las condiciones actuales de las instituciones educativas para frenar las violencias que se ejercen impunemente en contra de mujeres y múltiples grupos como LGBTTIQ y diversidad funcional.

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