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Cuestionario Pilar Villela

En tu experiencia, ¿cómo se manifiesta la función social del arte o la arquitectura desde la enseñanza?

Sin duda hay muchos maestros e instituciones que le exigen a los alumnos desarrollar alguna especie de “conciencia social”. Pero todo desarrollo de una “conciencia social” es autoconciencia. No hay un "yo" fuera de lo social, y ninguna de estas disciplinas existe tampoco fuera de lo social; tienes algo así como esa arraigadísima división de alma y cuerpo. La forma de enseñanza y las instituciones mismas son lo social.

En lo concreto, al poner lo social aparte uno suele acabar entendiendo la “función social” como una especie de asistencialismo catolicoide. Eso está muy bien si el alumno o el profesor son católicos (o de alguna otra religión) y explícitamente trabajan a partir de la división entre el cuerpo y el alma, el individuo y la colectividad y la caridad como el camino a la salvación.

Lo otro es más complicado, porque habría que empezar por acompañar al alumno en la ardua tarea de descubrir que no es libre, ni está sólo, ni tiene “ideas propias”, ni es único y especial (o sea habría que desterrar el mito del genio) en una sociedad patriarcal-capitalista que premia a sus hijos ejemplares: aquellos que se creen el mito del genio y lo encarnan gustosos. Además, eso habría que hacerlo desde la misma forma de enseñanza. Es difícil.

¿Puedes mencionar un modelo de enseñanza, proyecto o texto que consideres relevante para nuestro tiempo y por qué?

Creo que nuestro tiempo (pero sobre todo, nuestro espacio) es lo relevante para nuestro tiempo. A mí no me sirve de nada tener a un chavo clasemediero mexicano leyendo a David Harvey en inglés, para que luego sólo consiga chamba (si es que la consigue) en la constructora de su tío o en algún claustro académico. En términos de enseñanza de las artes puedo pensar en muchos proyectos que tienen lados positivos y lados criticables, pero no me gustan las listas de recomendaciones.

En términos de arquitectura, mi experiencia de la transformación que está viviendo la ciudad en la que vivo me hace pensar que en alguna galaxia muy, muy lejana, el matrimonio alquímico entre los reglamentos de construcción, la corrupción y el reinado del diseño por computadora dieron como resultado una generación de sociópatas cuya única misión es ganar dinero empeorando las condiciones de vida de la humanidad. Por supuesto debe haber excepciones, pero si las hay no están ejerciendo en mi entorno inmediato.

¿Desde dónde podrían generarse nuevos vínculos para la enseñanza del arte o la arquitectura hoy?

Desde las universidades, las escuelas técnicas, las escuelas de formación básica y media básica, aunque las hemos perdido a manos de la tecnocracia. La idea, en principio virtuosa, de una educación para todos se convirtió en una manera de parar los índices de desempleo, la idea de evaluar a los evaluadores (a los docentes) se convirtió en un club de empleo para demagogos de la administración. Sí, educación para todos, desde las instituciones que tienen (y deben tener más) recursos para hacerlo, pero una educación que no se mida en sus propios términos de números, de artículos publicados y eficacia terminal, sino en una mejora objetiva de las condiciones de vida que, evidentemente, van más allá de lo que una cultura u otra considera como sus formas de subsistencia básica material. Las iniciativas independientes-empresariales están muy bien, pero, de nuevo, adolecen de una visión muy limitada, de un pesimismo derrotista. Nuestro sistema educativo, que chupa una cantidad brutal de recursos, está secuestrado y hay que recuperarlo, aunque sea como un campo de confrontación.

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